CJ parecía un hombre normal; digamos que era del tipo de
hombres que no llaman la atención nada más verlo, pelo oscuro, estatura media...
y sin embargo, irradiaba algo muy especial. Su personalidad no era la de un ser
corriente, su mirada desprendía jovialidad y un aire de infancia que se
resistía a abandonarlo, a pesar de que ya había alcanzado la edad adulta. Su
presencia en los lugares que frecuentaba era recibida con signos de alegría y
buen humor. Podía hablar de cualquier cosa, a veces hablaba incluso demasiado,
como si quisiera llenar silencios incómodos. Su talante era siempre optimista y
risueño, no se desmoronaba con facilidad ante las adversidades, ni se dejaba
influenciar por opiniones tóxicas o mezquinas. Su pensamiento sano y positivo
se contagiaba más allá de sus círculos más próximos, y nunca tenía un no para
quien necesitara su ayuda.
Tenía un defecto: simpatizaba por unos colores que no eran
bien vistos en la sociedad en la que vivía, a pesar de que eran los de la
mayoría. Su entorno lo aceptaba como algo que ya no tenía remedio, a esas alturas
ya no iban a cambiarlo, e incluso creían que le daba un encanto especial, ese
encanto que confieren las cosas exóticas.
Solía vestir de blanco, y aunque era un color que en nada le
favorecía, lucía el traje con un porte especial, que obligaba a volverse a
quien se cruzaba con él, admirándolo con cierto punto de envidia bien
disimulada. En el fondo sabía que lo que la gente admiraba de él no era su aspecto,
sino la seguridad con que se desenvolvía por la vida. Lo suyo le había costado.
Se había criado en tierra de viñas y lejos de la ciudad. Su piel
estaba curtida por el sol y por los trabajos que desde pequeño había tenido que
desempeñar en la finca familiar. Habían sido años difíciles, que contribuyeron
a forjar ese carácter fuerte y decidido.
Aquel día, el jueves de su 41 cumpleaños, se despertó como
cada mañana con ganas de ir a trabajar. El sol empezaba a iluminar la ciudad, y
su luz teñía de un naranja rosado los tejados del Albaicín. Aquella era la
ciudad que amaba, la que lo había acogido tiempo atrás y para siempre, sin
reservas, sin preguntas; y él a su vez le había correspondido, entregándose al
placer de los paseos por sus calles, de las charlas interminables con sus gentes,
de la cultura que guardaba cada rincón de ese lugar mágico.
Como salía con tiempo de casa y su lugar de trabajo no
estaba lejos, siempre iba andando a trabajar. Cuando se cruzó con el niño, algo
hizo estremecer su corazón. Racionalmente sabía que no lo había visto nunca antes y
sin embargo, un sentimiento muy profundo le decía que hacía mucho tiempo que se conocían, y que
habían estado predestinados a encontrarse. Reconoció cierto aire familiar en
él, rasgos que no habría sabido describir con palabras, secillamente pensó que
era como si estuviera viendo su imagen reflejada en un espejo. El niño lo
acompañó largo rato en su trayecto, sin decir nada, alzando la vista de vez en
cuando para observar la expresión de su rostro. Él a su vez se hacía cada vez más preguntas en
su interior y apretaba el paso por el nerviosismo que sentía en esos
momentos. Al girar la esquina se vieron de pronto en un jardín desconocido, más
verde y luminoso de lo que nunca hubiera imaginado. El niño se paró delante de
él, cogió su mano e hizo que se inclinara para susurrarle algo al oído. Las
personas desean muchas veces poder volver a la infancia, a la juventud, a esos
años en los que uno sabe que todo lo bueno está por llegar, en los que las
ilusiones son fuertes porque todavía no están viciadas por la realidad. Al
parecer ese era su regalo de aniversario; el niño le ofrecía volver a ser
pequeño, despertar otra vez en su niñez, con los deseos y los proyectos
intactos. Sólo había una condición: su vida no podía volver a ser la misma, debía escoger un camino totalmente distinto
del que lo había llevado hasta allí, no conocería ni a la misma gente ni los
mismos lugares. El niño solamente le aseguraba que no sufriría al crecer, que
su vida sería mucho más fácil de lo que había sido hasta entonces. Le dio unos minutos para pensarlo, y CJ dudó un instante,
atraído por la tentación. Sin embargo no fue más que un pensamiento fugaz; tuvo
claro que cada día de su vida había valido la pena, y que no quería renunciar a
eso por simple comodidad. El niño le dijo que era una sabia elección y sin
esperar más se sumergió en las aguas del Darro. Cuando CJ se asomó para mirar
ya no lo vio, sólo vio su cara reflejada en el agua, tan parecida a la del
niño. La corriente del agua le mostraba ahora momentos de su vida y supo que
era feliz, y que el niño siempre estaría vivo en su corazón.
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